viernes, 25 de febrero de 2011

Yapeyú



Yapeyú, doscientos treinta y tres años después…


Piso despacio esta tierra quebrada y caliente, como profanando tus pequeñas huellas.
Un cielo empañado -como mis ojos- me acompaña, y juntos humedecemos la arena, como reivindicándote.
La lluvia cae persistente, invadiendo con su fresca caricia cada rincón de este alejado paraje, sumiéndome en una dulce modorra.

Escucho a lo lejos una letanía de niños jugando y te presiento, moreno e inquieto, corriendo descalzo despreocupadamente, mientras la siesta correntina se despereza acompañada por el zumbido de chicharras y el golpeteo del agua sobre la costa del Uruguay.
Tus pequeños pies van dejando huellas cada vez más grandes, como si el planeta se achicara a cada paso. Varias líneas azules forman una extraña e inverosímil rayuela, invitándote a saltar de un país a otro con gran facilidad, llevándote de Argentina a España, de África a Portugal, luego a Inglaterra y América otra vez.
Dejas el juego y te sientas pensativo, mientras acomodas cientos de soldaditos de plomo frente al cordón cordillerano, soñando con libertades más allá del horizonte.
Tiras el piolín del trompo y lo sigues concentrado, seguido de tus soldados, mientras éste avanza a los saltos hasta llegar al mar. Las chicharras acallan sus voces y el atardecer comienza a teñir de púrpura y violeta el horizonte.
El último juego está por comenzar.
Te escondes en la selva peruana hasta que una voz estridente y contestataria sentencia:
-¡Piedra libre para José! -has perdido el último juego ¿o estás cansado?-
Cabizbajo vuelves a la rayuela, das el último salto y pisas el cielo-Boulogne.
El juego ha terminado y tus ojos se pierden en el horizonte. Una pasmosa calma invade cada rincón, anunciando la noche oscura de los que no vuelven más.
Tus pies comienzan a achicarse, manchados de gloria y apatía. Emigran como golondrinas y vuelven a la tarde correntina una vez más.
Recorren despacio la costa mientras las olas de la globalización van borrando, persistentes, sus huellas en la arena de la historia, en el corazón de cada habitante, en la pizarra de cada maestra descontenta.

Febo asoma nuevamente y sus rayos me vuelven a la realidad.
Tras los muros vuelvo a oír tus pasos, pequeños y ágiles.
Espío por un resquicio y me topo con tu rostro sonriente, como absolviendo tanta indiferencia.

© Jenny Wasiuk - Yapeyú, Ctes. 29/01/11

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